domingo, 31 de marzo de 2013

La piel es adicta (o cómo desenredar dos hilos sin cagar ninguno de ellos_parte1)

Así de sencillo vino un día a mi mente: la piel es adicta.

Ya lo empecé a sospechar cuando compré hace poco una crema con el título "antiarrugas" en su portada. Al poco, cada día, me ponía un poquito más que el anterior. La piel es adicta, quiere más de todo lo que la vuelva flexible, quiere más mimos. La piel -mi piel- quiere más toqueteo, no hay duda.


Es como un escudo protector la dichosa cremita. Puedes sentir que recorre tu piel y entra en todas sus capas, para poco a poco, entrar por todo tu cuerpo, envolver tu cerebro, tu corazón, impedir que envejezcan, que se vuelvan decrépitos. Es tu opción; te la pones para que puedan seguir simpre así, resguardados de la temida madurez: esa palabra que has escuchado tantas veces acompañada de un ligero toniquete de desaprobación, y que, de momento, se parece demasiado a un "renuncia a quien eres, nada de esa persona está bien". Tú se lo explicas al bote cada noche: "escúchame bien, ante todo no dejes que me vuelva una señora, no una de ésas que tú y yo sabemos, por favor". Temes que, en algún momento ya dejarán de darte miedo todas las cosas que lo hacen ahora y comenzarán a producirte pánico. Temes perderte en ese cambio. Temes no saber que te has perdido porque ni siquiera te conoces ahora mismo. Temes...

Y tu piel, mientras tanto, adicta perdida. Se retuerce perezosa, como recorrida por un suave escalofrío que sacude cada una de sus terminaciones nerviosas al recordar la exacta presión que ejercías sobre ella. Esa mezcla de ternura y fuerza, de deseo de posesión, de desesperación. La caricia que no dolía pero que podía herir porque sabía también reprochar, pero que era absolutamente deliciosa y única. Tu piel, adicta perdida, te grita que vuelvas, que la huella es demasiado poderosa pero sabe también que la presencia era breve, que nunca ha sabido de su efecto.

Y así, en un remolino de sacudidas, de tenerlo claro para después volver a empezar y acabar teniéndolo claro de nuevo y que sea lo opuesto a la vez anterior, sabes que te estás perdiendo, que, por más que luches, ya no eres dueño de ti mismo, que estás totalmente descompuesto. 

Y tu piel, mientras tanto, adicta perdida.

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